La ciudad concentra hasta 70 especies de aves entre manglares, parques y malecones.

Guayaquil posee un potencial natural poco explotado que podría convertirse en un nuevo motor turístico: el avistamiento de aves. Desde palomas y colibríes hasta carpinteros, tangaras, pericos y tiranos tropicales forman parte de la biodiversidad que convive a diario con ciudadanos y visitantes, especialmente en zonas como el Malecón del Salado, parques urbanos, manglares y la isla Santay.

Para el biólogo Paolo Piedrahita, docente de la Espol, esta riqueza se explica por la diversidad de ecosistemas que rodean a la ciudad: humedales, bosque seco, manglares y áreas de transición natural. “Cualquier sitio con árboles puede convertirse en un punto para observar aves”, señala. A este valor se suman las especies migratorias que atraviesan la urbe.

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Guías turísticos como Antonio Escobar y Jaime Arellano aseguran que diariamente se pueden registrar hasta 70 especies. En mercados internacionales, el aviturismo mueve miles de dólares en equipos, viajes especializados y experiencias de naturaleza, un perfil de visitante con alto gasto promedio.

Para potenciar este atractivo, los expertos recomiendan proteger los árboles existentes, impulsar la siembra de especies nativas con flores, reforestar el manglar y evitar la tala indiscriminada. Lady Soto, docente de Turismo, propone además identificar rutas específicas para los guías y fortalecer la señalética informativa en parques y malecones.

Entre las acciones inmediatas también se plantea integrar a Guayaquil en el conteo navideño mundial de aves y promover registros ciudadanos por barrios. La difusión en aeropuertos y hoteles sería clave para conectar esta oferta con un público especializado que hoy busca destinos de observación responsables y sostenibles.

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